El domingo pasado se hizo la marcha por el primer mes desde la masacre. La tarde estaba densamente plomiza y lloviznosa.
Llegué a la plaza cuando las pobladas columnas estaban listas para salir y los chicos de seguridad se mantenían estáticos con sus manos entrelazadas.
No sé que esperaba encontrar en esos rostros; tal vez una mirada conocida, algo que compartir. Pero no hubo caso; inevitablemente me sentí una especie de voyeur del dolor ajeno, con mi cámara en la mano.
Cuando mis ojos se encontraban con los de un grupo familiar, todos con la misma foto colgando del cuello, me sentía avergonzado por ese mudo interrogante que leía en ellos y que yo no podía contestar.
Apenas si pude sacar un par de fotos antes de que empezara la caminata. De inmediato me llamó la atención que sólo un megáfono y unas pocas voces coreaban consignas sin lograr resquebrajar el muro de silencio de casi todo el resto. Sólo más tarde, ya de vuelta en casa, entendí que esas diferencias entre los deudos y participantes se correspondían con mis dudas interiores:
¿Cómo se puede compartir públicamente un dolor íntimo e intransferible? Más aún: ¿cómo se lo puede enunciar en forma de consigna cantada sin objetivar aquello que es escencialmente subjetivo, sin cosificarlo?